Habrá Roma para rato

La librería  Roma en Pereira tiene más de 200 mil ejemplares. Por mis manos pasó una joya de 1.673, un libro religioso de  cuero blanco de cordero cosido a mano, dice su propietario Adrián Osorio.

Adrian Osorio. Librería Roma

A los libros viejos algunas veces parece haberles caído una pandemia: estorban, nadie los quiere, pesan, enferman, son polvo malo, tienen ácaros y ocupan una habitación que se necesita para otra cosa, nadie sabe para qué, pero se necesita.

Muchas personas los dan de baja, regalan, botan o, simplemente, los venden con la mentalidad de que lo que den está bien. Desconocen su valor real, que va más allá del monetario para llegar al literario, pasando por piezas de colección que un sector de la cultura especializada se “pelea” día a día, o mejor hoja a hoja.

En Colombia se cuentan con los dedos de una mano las librerías de usados y en Pereira hace 28 años esta radicada en pleno centro de la ciudad la Librería Roma, que según afirma su propietario, Adrián Emilio Osorio, con sus más de 200 mil ejemplares es una de las más grandes de Colombia.

Recorriendo las ocho piezas que tiene la librería ubicada en la  carrera 5 con calle 22, Adrián explica que el libro más caro que ha vendido fue un ejemplar de la historia de Cuba firmado de puño y letra y dedicado por el Dictador, Fulgencio Batista, seis meses antes de que la revolución lo derrocará y saliera huyendo de su país. “Un norteamericano me pagó 4 millones de pesos, de hace unos buenos años, y se lo llevó”. Lo increíble es lo que le costó: Nada. Lo encontró en un lote de libros que un colegio público desecho porque seguramente le estaba estorbando.

El diario de don Emilio Correa, que no esta a la venta, es considerado como el más valioso por su importancia histórica y forma parte de un proyecto cultural de ciudad. Foto/ Eje Plural

El de los libreros es un mundo lleno de circunstancias insólitas hasta el punto que la Roma tiene tres clientes que compran los libros y los entran a escondidas a la casa para evitar la cantaleta de las respectivas señoras.

Compradores y vendedores preferidos

La librería se ha modernizado en sus servicios y así como telefónicamente le venden un libro de segunda mano, advirtiéndole, si está rayado, si alguno de sus dueños fue de aquellos que subrayan líneas y hacen corchetes en los párrafos, si otro dueño fue de los que doblan la esquina superior para saber en que página iban o simplemente, el estado de la pasta esta ajado. Si usted acepta, a su casa llega el domicilio.

Pero el encanto de pasearse por ocho piezas llenas de libros, husmear lo que no va a comprar, antojarse sin que le cobren y encontrarse de pronto con una canasta llena de libros de 2 mil o 3 mil pesos, no se lo quita nadie a un buen lector, por ello la gran mayoría dedican horas enteras a recorrer la librería.

Pero otra experiencia diferente es la del dueño de la librería comprando. Explica que la gente llega a vender sus libros porque cambió de vivienda, de una casa a un apartamento, se va del país, son los hijos del dueño que falleció y para ellos no tienen gran valor y el mejor vendedor de todos: el divorciado.

“Una vez me llamó una señora y me dijo que si podía ir a su casa para comprarle unos libros que tenía. Llegue a las 7 de la noche y en la puerta tenía 10 cajas, me dijo que me los llevara y le diera lo que quisiera, indiqué que había que revisarlos. Dijo que no, y rotundamente afirmó: esos libros son de mi exmarido y yo no quiero ver nada de ese…”

En los libros se encuentra de todo

Para Adrián los libros no solo están llenos de conocimiento, sus preferidos son los de historia y de la de Roma nace el nombre de la librería, no solo están llenos de conocimiento, también con mucha frecuencia traen sus propias sorpresas.

Todo libro que llega es necesario revisarlo cuidadosamente para conocer su estado, si le faltan hojas, que tan rayado o subrayado está. Allí es donde aparece vida, obra y milagros de un dueño imposible de rastrear pero que deja huella.

Cuenta que en una novela encontraron una carta de un suicida que, como diría un redactor judicial, explicaba los motivos de su fatal decisión, cartas de amor, despecho, canciones, libros con sangre, llaves, billetes de colección de $1, $2, $5 $10, $50 pesos, dólares y moneda de otros países, cédulas, tarjetas de identidad y hasta aquella escritura por la que revolcaron la casa al derecho y al revés y nunca apareció.

En los libros está también su vida y, por ello, se puede afirmar literalmente, que mucha tinta ha corrido desde que este caldense hijo de antioqueños, nacido en el Plan del Rosario entre Manizales y Chinchiná y amante incondicional de Pereira, en el  año 1983 a los 13 años se “adueñó” de una calle en la carrera 23 con calle 24 y  teniendo como vecinos sitios tradicionales como la Guaca del Pollo, el edificio Cuellar y el Banco de la República, se dedicó a cuidar carros para sobrevivir. Allí, puso en práctica la que considera la mejor enseñanza de su padre “a los 10 años me sacó al mundo de la calle a trabajar. A esa edad yo sacaba de la finca fruta y la vendía”. Además  tenía claras las palabras de su madre que no decía “estudien vagos”, sino “estudien, no los quiero campesinos, mis hijos no se van a quedar en el monte”.

Cuidando carros  y con su espíritu de antioqueño, revuelto con pereirano y caldense,  por su calle vio y conoció personajes como, Belisario Betancur, Otto Morales Benítez  y de lejos al mismísimo Carlos Ledher que por ese entonces, en pleno furor, recorría el eje cafetero en medio del lujo y el derroche.

Foto/ Eje Plural

Pero el destino le tenía escriturado el camino de los libros y sólo un año después comenzó como ayudante en el puesto de libros de don Rubencindo Gómez, un manizaleño trabajador, dicharachero y mujeriego. Asegura que gracias a su memoria fotográfica rápidamente conocía todos los títulos, su ubicación y sabía exactamente los precios. Se ganó la confianza y cuatro años después se independizó y montó su propio puesto callejero en Manizales. Aun cuando le iba bien, rápidamente, seis meses después, se dio cuenta que la calle no era lo suyo y consiguió un local. La inexperiencia lo hizo pasar necesidades, humillaciones y problemas que prefiere no recordar.

El favor que le hizo el que lo tumbó

Dos hechos fortuitos, uno más afortunado que el otro, hicieron que Adrián Llegara a Pereira. El librero con el que trabajaba en Manizales tenía un gran amigo en Pereira que decía que su “oficina  quedaba detrás del culo del caballo de Bolívar” y   al que su patrón le compraba libros para vender luego en Manizales. Lo dejaban cuidando el puesto mientras ellos se iban de parranda.

Posteriormente, con la confianza adquirida lo mandaban solo y con unas pocas visitas cayó en el embrujo que ha cautivado a muchos y que está sentenciado en la frase que algunos  historiadores atribuyen al padre Cañarte” El que se va de Pereira, a Pereira vuelve”.

Buscando su propio camino en 1989 se independizó de nuevo y comenzó a prosperar lentamente, pero en 1992 la vida le tenía separada una calamidad y la mejor de las oportunidades al mismo tiempo. Cuándo se alistaba a viajar a vender libros al Chocó su socio  lo “ tumbó” y desapareció misteriosamente. No se amilanó y con ocho cajas de libros que era todo lo que tenía, se montó en un bus, y luego de hacer un sufrido transbordo en canoa llegó a lo que sería el inicio de su nueva vida.

Como buen paisa, se fue a la Casa de la Cultura y pidió permiso para instalarse en un anden con sus ocho cajas de libros en la calle. “Vendí todo, un mes después volví, aparezco en la historia de Quibdó como el primer librero callejero” explica y pondera los grandes amigos que tiene en esa región del país.

Sus viajes al Chocó están llenos de anécdotas, que van desde retenes de la guerrilla, buses incendiados, secuestros, un robo de cuatro cajas de libros que algún comandante disfrutó en el campamento, hasta varadas de dos días en carretera que hacían del viaje a Quibdó una aventura digna de novela.

Hoy, a sus 50 años de edad, todavía va al Chocó cada año, la diferencia está en que tiene un camión de su propiedad, llega con 120 cajas que contienen cada una un promedio de 80 libros que vende a precios de 1000, 2000 o 5000 y algunos mas costosos que vende en una feria del libro donde él es el único expositor porque ningún librero se anima a ir a Quibdó a llevar su mercancía.

Foto/Eje Plural.

Se fue consolidando, se enamoraba más de Pereira cada día que pasaba  y en 1995 decidió instalarse en la capital de Risaralda con sus libros. Conseguir vivienda fue fácil, pero para adquirir un local exigían prima lo que le obligó a cambiar de estrategia. En moto recorrió pueblos y veredas de Caldas al descubrir que eran un fortín.

Tres años después consiguió un pequeño local que formaba parte de una casona en la calle 21 No 5-37, pleno centro de la ciudad y dos años después, desocuparon  la casa. La dueña le preguntó que si de verdad era capaz de pagar la renta y uno de sus mejores amigos se le río en la cara y le preguntó con qué iba a llenar ocho piezas: 400 metros cuadrados de libros.

No solo la llenó en menos de un año, cuando murió la dueña la compró a los herederos y cuando decidió trastearse, 23 años después, no le cabía un libro, tiene tres camiones que hacen de librerías móviles, ocho empleados y vende libros para Cauca, Caquetá, Ibagué Huila, Putumayo y Antioquia.   

¿Usted trastearía 200 mil libros?

Decidió  estrenar otra sede más amplia y compró una nueva casa que pagó en tres años a igual número de herederos. Trastear, aparte de costoso, es tan desgastante que la sabiduría popular dice que “un trasteo equivale a dos incendios”. Los libros son lo que más pesa y lo que genera las mayores maldiciones y disputas familiares.  El trasteo de la librería Roma incluyó más de 200 mil ejemplares con un peso de 100 toneladas.

Requirió de un proceso de reciclaje de libros, enciclopedias, textos escolares y académicos que explica el dueño de la librería internet los “mató”. Cinco toneladas de estos libros no llegaron a su nuevo hogar. Ocho empleados y un camión propio fueron necesarios para en el lapso de un mes pasar 80 toneladas de libros y las estanterías a la nueva sede. Primero fue necesario llevar estanterías, luego comenzar a pasar los libros por secciones y ello hizo que la librería no cerrara un solo día.

“No soy el dueño”

Asegura que el no es el dueño de la Roma, solo la administra porque la librería es de los pereiranos y es la única donde pueden llegar a vender, cambiar, hacer un trueque, barequear un precio y comprar libros.

Se considera un líder, le gusta la gente con liderazgo, no toma, no fuma y se siente orgulloso de tener una de las librerías más grandes del país, pero tiene claro que lo que enriquece es el conocimiento y no lo material. Tiene la tranquilidad de que su hija es gestora cultural y su hijo de 19 años ya estudia una carrera relacionada con los libros: Habrá Roma para rato. Adrián vive feliz y quiere morir en Pereira.

2 comentarios en «Habrá Roma para rato»

  1. Que maravilla de entrevista sobre el innovador y gran Librero Adrián Osorio, un Personaje y un ejemplo de un exitoso Emprendedor en el mundo de los libros y fomento de la Cultura en Pereira y en la Zona Cafetera con sus Librerías Móviles.

    Mi expreso reconocimiento.

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  2. Excelente cr`onica de un forjador de conocimientos desplayando libros por lugares rec`onditos. Adrian Osorio, permanece vigente, es un Amazon, a lo Colombiano.

    Orgullo, para la querendona trasnochadora y morena

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