La generación que no tuvo castrada la conciencia

Germán Sarasty Quintero

“Es ridículo que se pretenda creer actualmente al pueblo colombiano como un rebaño de ovejas que se vuelcan a las calles porque un político los convoca a la protesta.”

Colombia lleva décadas sumida entre otros males, en una ausencia absoluta de liderazgo. Aquellas figuras que representaban la esperanza de un pueblo, que conocían sus necesidades y que canalizaban las mismas con dignidad sin defraudar a sus electores yacen en el honroso mosaico de los mártires. Vergüenza ajena me producen esos remedos que posan de líderes y se autodesignan portadores de la bandera de la reivindicación del perdido horizonte de la Patria.

Ha sido inexistente desde todos los frentes políticos, con contadas excepciones y no propiamente las locales, una posición seria y acorde con la realidad acerca de la coyuntura social actual, por el contrario en una actitud caricaturesca y pueril unos apoyan tímidamente al gobierno llamando genéricamente al diálogo, otros por su abundancia de escasez en la producción de ideas y su pobreza intelectual y moral sientan su punto de vista publicando en sus redes videos descontextualizados de las protestas donde se sataniza o a la fuerza pública o a los manifestantes y otros, entre los que se encuentran candidatos presidenciales como Federico Gutiérrez insisten en replicar y predicar que Gustavo Petro, es el responsable del actual caos.

Es ridículo que se pretenda creer actualmente al pueblo colombiano como un rebaño de ovejas que se vuelcan a las calles porque un político los convoca a la protesta. En esa clase de afirmaciones se refleja el poco o nulo conocimiento de Colombia que tienen estos productos prefabricados de la publicidad electoral que lejos están de lo que debe ser un caudillo, un prohombre.

El desconocer la línea de miseria absoluta en la que está sumida la mayoría de la población incluso indetectada por el Dane, ignorar que el salario mínimo es literalmente un instrumento de esclavitud disfrazada de legalidad pues las necesidades básicas ni siquiera alcanzan a ser suplidas por ese monto, pasar por alto que los pocos que alcanzan el nivel superior de educación regularmente están desempleados o se ven muchas veces desplazados laboralmente por incapaces que gozan de altos cargos como pago a favores políticos, obviar que el presupuesto público se convirtió más que nunca en un botín para los corruptos, desconocer que nuestros viejos mueren sin una pensión y que muchos de los que estamos en edad productiva jamás la alcanzaremos mientras excongresistas y expresidentes gozan de mesadas vitalicias millonarias e inmerecidas, desconocer el impune asesinato de líderes sociales, pretender pasar por alto que la corrupción tiene carcomidos los cimientos de todas las instituciones públicas y en cambio pensar que el estallido social es causado, azuzado o convocado por un solo personaje, es estar absolutamente desconectado de la realidad de un país que no aguanta más ignominia.

Esta explosión social es el resultado de décadas de indiferencia ante la más oprobiosa realidad de Colombia sumergida en un mar de corrupción, miseria y sangre; ante la mirada indiferente de generaciones que amnésicas, insolidarias y conformes observaron el mismo escenario otros que pudieron hacer sentir su voz fueron callados con balas o vendieron su silencio. 

Resulta que los jóvenes han salido a protestar sin dañar, a excepción de lamentables sucesos de destrucción no atribuibles a la mayoría; están demostrando que son una generación que está dejando atrás la falta de conciencia crítica y la falta de amor de patria, que son una juventud que en su ausencia de oportunidades y su futuro más que incierto desventurado no tienen la capacidad de reacción castrada.

Ahora es necesario dar paso al diálogo concertado para la reedificación de la Patria por medio de un contrato social que a todos nos incluya, el gobierno nacional ha desatendido las demandas de quienes han participado de las protestas y en su lugar ha recibido a los mismos de siempre que se han autoadjudicado el título de ser “los de la esperanza” y que lejos están de serlo.

Es hora de dejar la fuerza material de ambos lados y la soberbia por parte del gobierno para atender el clamor social que reclama las voces de la Constitución de 1991 la cual no necesita cambiarse, sino materializarse en un Estado Social de Derecho garante de la misma dignidad humana. Necesitamos resurgir como país. Ahora que los que siempre han estado de últimos han puesto la primera piedra, continuemos entre todos el camino a la reconstrucción de la Patria. ¡Viva Colombia!

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