No seamos merecedores de nuestra propia desgracia

El estallido social que aún no cesa, debe mutar trasladando el inconformiso de las mayorías a las urnas sin distinción de partido o color, de izquierda o derecha; de “buenos o malos” categoría que nadie tiene la inmaculada conciencia o potestad de esgrimir”.

Se acerca la época de candidaturas y empiezan a hacerse visibles todos esos personajes que en época de cuarentena brillaron por su ausencia. Cuando los menos favorecidos “izaban” en sus ventanas las banderas rojas del hambre, los que ahora con júbilo y vanidad anuncian sus predecibles y poco llamativas candidaturas, sacaban fotos en sus redes sociales con el cabezote trillado de “quédate en casa”, mostrando sus hermosas mascotas, sus cómodos momentos familiares, sus cuarentenas en plácidos paisajes rurales e incluso compartiendo recetas de cocina teniendo como destinatarios a sus electores sumidos en esos aciagos momentos y también ahora en la más desgarradora y apremiante pobreza.

El Congreso de la República para el cual se alistan las cercanas candidaturas es sin duda la corporación pública más desprestigiada, integrada con contadísimas excepciones, por una pluralidad de hombres y mujeres distantes de las virtudes de aquellas figuras representativas que en épocas pasadas ocupando esas curules honraban su compromiso con quienes los eligieron, generando ideas que contribuían al desarrollo y al progreso, quienes además sin ser unos pusilánimes defendían sus posturas con vehemencia pero con la fuerza de las ideas y con concordancia del dicho con la rectitud de las propias acciones.

Ahora la ausencia de inteligencia, la insuficiencia moral, la inexistencia de precedentes tangibles de sus promesas de campaña y la subordinación arrodillada a jefecitos políticos y al ejecutivo, se traducen en que el capitolio nacional se haya convertido en un vulgar aposento donde el que más grite y más ofenda así no genere idea alguna posa de líder cuando no pasan de ser figuras mediáticas haciendo lo que sea para no pasar inadvertidos.

Vergonzoso ejemplo de ello, el caricaturesco precandidato caldense nada menos que a la presidencia de la República, senador Carlos Felipe Mejía, hombre de mente estrecha y boca grande para vociferar cual disco rayado lo que con esfuerzo se aprendió para que lo metieran en una lista y con votos no propios, lo sentaran en el Congreso.

Colombia merece resurgir como Nación. El voto ha sido, es y será la única manera de direccionar el horizonte de la Patria. Si no dignificamos de alguna manera en las próximas elecciones por medio de la democracia al Legislativo pasaremos a la historia como una sociedad merecedora de su propia desgracia.

El estallido social que aún no cesa, debe mutar trasladando el inconformiso de las mayorías a las urnas sin distinción de partido o color, de izquierda o derecha; de “buenos o malos” categoría que nadie tiene la inmaculada conciencia o potestad de esgrimir.

Una Colombia justa inaplazablemente debe ser un propósito común, ese sueño que por generaciones hemos tenido encuentra posibilidad histórica de ser real, con la cercanía de los comicios electorales, ya no podemos estar peor. No olvidemos que quienes nos han fallado como dirigentes los hemos elegido los colombianos. ¡Que sea nuestro próximo voto la más digna manera de demostrar que aun amamos nuestra Patria!     

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