#Especial | Ojos alucinados

www.ejeplural.com presenta la sensible visión del escritor pereirano Virgilio González G., sobre una cruda realidad: los habitantes de la calle.

Por Virgilio González G.

Camina en contracorriente por el filo de la acera, dando tumbos como si estuviese malherida. Viene escapada del submundo que la cobija y pasa por mi lado como una guillotina humana que  va cortando de un tajo el paso de los transeúntes, con su hálito narcotizado.

Me alucinan sus ojos azules, sus greñas doradas y sus mejillas encarnadas de porcelana barroca. Tengo que imaginar su nariz diminuta, su boca frágil y su barbilla en flor, diluidas en la bruma del pegamento. No puedo sostener su mirada adormilada: me culpa, me implica, me desprecia con su jerga resentida. La belleza, desatenta y trivial, se negó a convivir con ese despojo humano de pies descalzos y manos mugrientas; le hizo el quite al vergonzoso glamour de su faldita de andrajos.

La gente continúa su camino; marcha abstraída en sus asuntos y aturdida por el bullicio de la ciudad; sólo yo miro hacia atrás con un inútil gesto de compasión, interrumpiendo el tropel de urgencias que rebullen en mi mente. Veo a la pequeña cenicienta disminuirse a trompicones por los andenes, eufórica y alienada en su paraíso temporal. Va con el día en veremos, con el hambre postergada y sus sueños abortados.

No sé cuál será su suerte, me pregunto, después de que se ha convertido en un punto del horizonte urbano. Irremediablemente, deben estar esperándola al final del día el frio y la soledad, para compartir su lecho. Tal vez yo también ande alucinando, no sé, pero sueño con encontrármela de nuevo, rescatada del infierno y con su futuro sin harapos; con su rostro limpio y sin el velo de la depravación.

Que no tenga entonces que imaginarme las pecas que espolvorean su nariz, ni el contorno de sus labios huérfanos de besos; no quiero verla arrimándome su mano suplicante bajo la luz tricolor de los semáforos, con el fétido aliento de algún albañal de la ciudad.

Que de su boca no se caigan desmembradas las palabras y que no ande privándose del olor de las flores, ni de la tierra húmeda golpeada por la lluvia, ni del sabor del pan fresco.

Si tengo de nuevo que volver la vista atrás, quiero mirar solamente lo que tenga licencia para andar sin rumbo y conmoverme. Podrían ser, por ejemplo, las mariposas, los colibríes, o los primeros pasos de los niños.

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