El sándwich no sabe que es el no

El 3 de noviembre es el día mundial del Sándwich, como reconocimiento a John Montagu, IV Conde de Sándwich, de quien se dice fue su creador en el siglo XVII. Pedía le llevaran carne entre dos panes para evitar ensuciarse las manos mientras jugaba cartas.

Entre gustos no hay disgustos reza el refrán popular, pero en materia de sándwich no aplica. Es prácticamente imposible conocer a alguien que no le guste.

Fríos, calientes, con vegetales, con carnes, con todos los rellenos posibles, los sánduches o emparedados pueden ser fácilmente la comida más popular.

Que tire la primera piedra aquel que no se ha desvarado con un sándwich de queso con esa inoportuna visita de las 6:45 que incluye dos adultos y tres niños insoportables que comen como si no les dieran nada en la casa.

El sándwich, que bien preparado es alta cocina, en la casa es el que evita peleas por la noche ante las dos peores preguntas del mundo: qué comemos y quién prepara. Nombrarlo quita pereza y finalmente el que sirve no hace tan mala cara.

En el mundo se venden millones día a día y congreso o convención que se respete tiene a su haber un refrigerio o coffee break como se dice más elegantemente, con sándwich.

Y como si fuera poco, el plato preferido de los políticos para repartir en campaña en reuniones masivas dejó de ser el tamal, reservado exclusivamente para el día de elecciones, el sándwich ocupó ese lugar y frío, en servilleta y relleno de algo que no se pregunta, se regala a manos llenas a los votantes que hacen ordenadamente la fila.  

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